San José, guardián de los tesoros de Dios
por
Ricardo E. Facci
José es guardián de los
tesoros de Dios. Los dos grandes
tesoros de Dios son Jesús y María. Ambos
tesoros los colocar Dios en las manos de un hombre pobre, un modesto obrero, que
carecía de toda singularidad y que ni siquiera el evangelio recoge alguna
palabra de él, sino que simplemente habla de su actitud, de su conducta, de lo
que hizo, en medio de notables rasgos de humildad, de silenciosa reserva y de
una perfecta evidencia.
Por
otro lado, la Iglesia declara a San José su protector, su guardián, sabiendo
que ella, también, es un tesoro de Dios.
Al
llegar a nuestras familias vemos reflejada esta misma realidad.
Los hijos son esos tesoros de los padres, porque Dios, como único dueño
de estos tesoros se los ha confiado, como un día confió a San José el tesoro
de María. Los padres son
guardianes del tesoro de Dios. La
misma familia, en sí misma, es un tesoro de Dios.
Es
por esto que la familia –los padres especialmente- deben brindar un clima que
favorezca la vivencia de los valores que ayudarán a los hijos a crecer en la
verdad, el amor, la humildad, la alegría, la sinceridad, la justicia, la
misericordia, la paz. Una familia
en la que se respire el evangelio y clamor de Dios.
Si
San José es patrono de la Iglesia, es patrono de cada iglesia doméstica.
Si, además, es guardián, custodio de los tesoros de Dios, no olvidemos
que en cada familia, los hijos son bienes preciosos para Dios.
Pongamos en manos de San José esta gran responsabilidad que Dios le ha
confiado a cada padre y a cada madre: ser custodio de los hijos de Dios, que son
cada retoño nuevo del hogar.