San
Juan Francisco de Regis
16
Junio, remitido por Noticias Jesuitas
Juan
Francisco de Regis, confesor (1597-1640)
La
tensión entre los católicos y los calvinistas franceses, alimentada por los
intereses políticos de la Casa de Valois y la Casa de Guisa, fue aumentando en
Francia; estallará la guerra civil en el siglo XVI y se prolongará durante el
siglo XVII.
En
uno de los períodos de paz en que se despierta el fervor religioso con
manifestaciones polarizadas en torno a la Eucaristía y a la Santísima Virgen,
en nítido clima de resurgimiento católico, nace Juan Francisco en Foncouverte,
en el 1597, de unos padres campesinos acomodados.
Cuando
nació, ya había pasado la terrible Noche de san Bartolomé del 1572 en la que
miles de hugonotes fueron asesinados en París y en otros lugares de Francia,
con Coligny, su jefe. Y faltaba un año para que el rey Enrique IV, ya
convertido al catolicismo, promulgara el Edicto de Nantes que proporcionaría a
los hugonotes libertad religiosa casi completa.
Juan
Francisco decidió entrar en la Compañía de Jesús. Estaba comenzando los
estudios teológicos, cuando se declara en Touluose la terrible epidemia de
peste del año 1628. Hay abundantes muertes entre enfermos y enfermeros hasta el
punto de fallecer 87 jesuitas en tres años.
Como
hacen falta brazos para la enorme labor de caridad que tiene ante los ojos, no
cesa de pedir insistentemente su plaza entre los que cooperan en lo que pueden
para dar algo de remedio al mal. Se hace ordenar sacerdote precisamente para
ello, aunque su decisión conlleve dificultades para la profesión solemne.
Quiso
ir al Canadá a predicar la fe; pretendía ir con deseo de martirio; hace
gestiones, lo solicitó a sus superiores que le prometieron mandarlo, pero
aquello no fue posible. Su Canadá fue más al norte de Francia, en la región
del Vivarais, donde vivió el resto de su vida.
Allí
comienzan los lugareños a llamarle «el santo» y se llenan las iglesias más
grandes de gente ávida de escucharle. Organiza la caridad. Funda casas para
sacar de la prostitución a jóvenes de vida descaminada. No le sobra tiempo.
Pasa
noches en oración y la labor de confesionario no se cuenta por horas, sino por
mañanas y tardes. Así le sorprendió la muerte cuando sólo contaba él 43 de
edad: derrumbándose después de una jornada de confesionario, ante los
presentes que aún esperaban su turno para recibir el perdón. Cinco días después,
marchó al cielo. Era el año 1640.