San
Estanislao de Kostka
(1550-1568)
13
de Junio, tomado del Evangelio del Día (2005)
Aquel
adolescente polaco de noble familia era un muchacho que desconcertaba por su
recogimiento y su piedad, y cuando pasó a estudiar con su hermano Pablo en el
colegio vienés de los jesuitas todo el mundo esperaba que cambiase amoldándose
a los usos discretamente libertinos de los mozos de su condición.
No
fue así, y los cuatro años de humanidades que cursó en Viena fueron también
una dura escuela de malos tratos, desprecios y humillaciones. Su decisión
estaba tomada, ser jesuita, pero en el colegio, temiendo las iras de su padre,
no parecían dispuestos a aceptarle, y no tuvo otro camino que la fuga.
Disfrazado
de campesino, recorrió setecientos kilómetros a pie, perseguido por los suyos,
y en Tréveris encontró a un jesuita capaz de comprenderle y a quien no parecía
importar el escándalo si era por una causa justa, el holandés san Pedro
Canisio, provincial de Alemania.
El
le recomendó al padre general de la Compañía, un ilustre español, Francisco
de Borja, y también éste supo apreciar lo que valía aquel jovencito que ahora
vivía en el noviciado de San Andrés del Quirinal. “El ángel de Polonia”,
como le llamaban.
Devotísimo
de la Virgen, «la Gran Señora» de los polacos, y espejo de todas las
virtudes, cultivaba de un modo especial la de la obediencia, que sabía matizar
muy bien, como se advierte por la definición que se le atribuye: «Más vale
hacer cosas pequeñas por obediencia que cosas grandes siguiendo la propia
voluntad»
Una
repentina y extraña enfermedad se lo llevó a los dieciocho años, pero su
breve paso por Roma es todavía hoy inolvidable, como un perfume único traído
de muy lejos contra el que el tiempo nada puede.