Pedro Arrupe "Hombres para los demás"

entrevista de Gonzalo Gamio a Vicente Santuc, S.J. (El Comercio, 08.05.05)

Pronto se cumplen 60 años de los ataques nucleares sobre el Japón. En esta entrevista, el padre Vicente Santuc SJ, Vicepresidente de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, evoca la obra de Pedro Arrupe, misionero en Hiroshima en aquella época y, años más tarde, general de la Compañía de Jesús.

Arrupe enfrentó experiencias dramáticas. ¿Cómo influyeron estas vivencias en su itinerario jesuita?

-La experiencia de la bomba atómica ha sido una experiencia decisiva para el padre Arrupe, sobre la que escribió el libro Yo viví la bomba atómica. Creo que esa vivencia asentó en él una fe que le acompañó siempre. Frente a un espectáculo apocalíptico, se enraizó en él una especie de optimismo, de confianza en estar en las manos de Dios. Esa experiencia le brindó una nueva manera de estar en la vida desde la esperanza. Esa convicción se fundaba en el hecho de haber sobrevivido a Hiroshima casi por azar. Fue para él una experiencia radical de la gratuidad, que le dio un sentido particular a su vida interior, y le permitió establecer un poderoso vínculo espiritual entre su ministerio y el pueblo japonés y su cultura. Se cuenta que asistía diariamente a su catequesis para adultos un anciano japonés, que siempre escuchaba en silencio. Arrupe, preocupado, le preguntó su opinión acerca de sus explicaciones. El anciano contestó: "No puedo opinar, porque soy sordo. Me basta con mirarlo a los ojos, usted no miente. Lo que usted cree, lo creo yo". Eso expresa bien lo que uno podía sentir al contacto de Arrupe. Irradiaba una energía interior que liberaba en la gente lo mejor que había en ellos. Repetía siempre que evangelizar antes que hablar es ser, y eseera su norte. "Soy un pobre hombre que procura estropear lo menos posible la obra de Dios", decía. Ese era el espíritu de Arrupe y la razón por la que su vida y legado tienen tanta significación en la Iglesia.

Suele decirse que su generalato significó para la Compañía un profundo impulso para el proceso de su modernización. ¿Cuál es el legado de Arrupe?

-El gobierno de Arrupe -el único general vasco después de Ignacio- ha marcado la Compañía como una especie de segunda fundación en el contexto del Concilio Vaticano II. Era un visionario, por eso no siempre fue comprendido por parte de sus contemporáneos y por la jerarquía. Sostenía que "no podemos responder a los problemas de hoy con soluciones de ayer" y procuró hacer que la Compañía inventara respuestas acordes con nuestro tiempo. En su visita a Brasil en 1968, se reunió con los provinciales de América Latina y escuchó el informe de cada provincial acerca del trabajo realizado localmente en universidades, colegios y misiones. Arrupe interpeló a los provinciales por el contacto con los pobres y marginados del mundo industrial. Así, bajo su liderazgo, nacieron una serie de centros de investigación y de acción social en Iberoamérica, instituciones para la promoción de la justicia y el desarrollo en nuestros países. Arrupe intuía, de manera muy profunda, la injusticia de una sociedad consumista, así como percibía la frustración ciudadana frente al hombre dividido y no comprometido con los demás. Al mismo tiempo que denunciaba el pecado estructural en Iberoamérica, propugnaba la necesaria transformación del hombre. El cambio estructural requiere del cambio humano, y viceversa. Se trata entonces de una mirada a la vez espiritual y social, que remite a la meditación del llamado del rey eterno y del temporal en los Ejercicios.

¿Qué contrastes pueden establecerse entre el enfoque de Arrupe y el tradicionalismo teológico?

-Arrupe no siempre fue comprendido y oído al interior de la Compañía y de la Curia, que quizás vio algo sospechoso en un hombre que profesaba con tanto talante humano el diálogo con todos y la tolerancia, que pensaba que antes de predicar había que atender a los hambrientos. Decía que el pluralismo no es un mal, sino un bien que permite el desarrollo de los dones naturales y sobrenaturales de Dios. Que el Espíritu realiza el deseo humanamente imposible de la unidad radical, en la más radical diversidad, a la manera como Dios habla desde el interior de cada uno. Ante la acusación de secularizar a la Compañía, respondía: "No digo que la Compañía de Jesús se secularice, sino que se adapte apostólicamente al mundo que se seculariza". Apostaba por encontrar creativamente las respuestas que requiere un mundo nuevo. Estamos en las manos de Dios y Dios habla en todas partes. Tenemos que saber escucharlo, saber responder a las preguntas de este mundo.