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Muchos
iniciantes llegan provistos de ropas, escudos y un
sinfín de artilugios para asegurarse una entrada limpia
y sin lesiones al mundo de la poesía. Estos nos
entregan, las más de las veces, poemas correctos,
solventes hasta cierto punto – bonitos como escritos por
malos poetas-, no muestran la piel, son pudorosos y
preservan las buenas costumbres. La importancia de este
tipo de poetas radica en que sin ellos no existirían
aquellos otros poetas, lo menos, que salen incluso de
ellos mismos para mostrarnos la piel, los músculos, los
nervios y la osamenta. Los poetas de este segundo grupo
son los que giran la rueda y miran a Barlovento sin
nostalgia. Son estos espíritus libres los que civilizan
y toman la imagen del Dios Occiso de Frazer como su
única representación posible ya sea en Fenicia, en
Africa, en Grecia o en la Isla de Pascua; puesto que
conciben un “territorio” como el espacio que ocupa un
cuerpo vivo mediante los afectos de los que es capaz
(como diría Guattari).
Son
desbordantes, excesivos, incontenibles en su intensidad:
son un devenir, siempre una Nueva carne. Una Nueva Carne
de la que han dado cuenta Rilke, Rodin, Bataille, Artuad.
Bellmer, Ozu, Debussy, Mozart, Bacon, Klee, Nietzche,
Bergson, Foucault entre otros artistas e intelectuales,
y a la que Mario Pera apela con sus Preparaciones
anatómicas sin miedo ni pudor, asumiendo riesgos como la
escritura de poemas de largo aliento, donde el
desarrollo del discurso y las complicaciones inherentes
que conlleva escribir un texto de esta características
esta finamente salvado por el equilibrio perfecto entre
pasión e inteligencia, oficio finalmente, del que el
autor nos da cuenta (notable es la ejecución de “Roma
S.P.Q.P.” por ejemplo). La verdad que trasunta esta la
primera poesía de Mario, refulge en la oscuridad de sus
versos (con citas suyas o voces de otros) como minerales
preciosos en una cueva o menor aun caverna, y es que el
oro no es sacado de los socavones en lingotes, aunque
sus poemas cercanos a lo epigramático nos pongan en la
posición de tener que contradecirnos con frecuencia y
hablar, por lo menos de que, a veces, podríamos
encontrarnos, en esa misma caverna, monedas finamente
acuñadas como dones o revelaciones. Está a la venta en
Librerìas Crisol, El Virrey, Casa Verde.
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El libro de cuentos de Bruno Podestà (Gonzaga 63),
editado en Montevideo, han llegado a Lima. Al decir del
laureado novelista guatemalteco Dante Liano, las páginas
de “Islandia” –país de volcanes, título del libro-
recorren algunos temas cotidianos, en cuentos cuya mayor
atracción es la transparencia del estilo y la solidez de
las tramas. La primera característica corresponde a las
nuevas tendencias de la literatura latinoamericana, cuyo
abandono del barroco es notable. La segunda, atrapa al
lector en la más clásica de las formas: se hace
imposible abandonar el texto hasta saber el final. Los
temas son variados y dan cuenta de una vida cosmopolita
e informada. El narrador observa con distancia, con
ironía, casi divertido, las peripecias de sus
personajes, que se van inventando la vida como si esta
no ofreciera intrincadas complicaciones. Bruno Podestá
va recorriendo los espacios urbanos como el personaje
que sube a un autobús y observa a los otros pasajeros,
cumpliendo así con una función propia del escritor:
transeúnte él mismo de un trayecto desconocido, va
contando el itinerario de sus compañeros de viaje, y su
virtud, aparte del poderoso don de la observación,
consiste en la piedad por los otros. Ejemplares de
“Islandia” se encuentran en Librería “El Virrey” de
Miguel Dasso, y en “Dédalo” de Barranco.
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